Planificación fiscal del Freelance

En otras ocasiones en esta misma sección se ha hablado de los impuestos que debe de soportar un trabajador freelance, que como hemos visto también en las acepciones más correctas del término no es más que un trabajador asalariado que presta sus servicios fuera de la oficina, es decir, con cierta autonomía, o bien se refiere a un profesional que trabajando por su cuenta y riesgo desarrolla su propia actividad profesional, es decir, un autónomo, y habitualmente nos hemos centrado en esta última acepción.

En este artículo entonces seguiremos centrados en esta última acepción del trabajador freelance (es decir, en la del trabajador freelance en su vertiente autónoma) y en sus obligaciones con la hacienda pública, pero en esta ocasión no nos centraremos tanto en los impuestos que debe satisfacer a la hacienda pública por su actividad profesional, sino que nos centraremos en como planificar mejor y más óptimamente estas obligaciones.

Y es que aunque pueda parecer mentira, a veces es más importante casi el como que el que, es decir y traducido a las obligaciones fiscales de un freelance, es casi más importante el como satisfacer más adecuadamente estas obligaciones que las obligaciones en sí mismas, pues ya que estas no las podremos cambiar (solo maquillar u optimizar mediante desgravaciones, deducciones y demás) como mínimo que las podamos planificar lo mejor posible a nuestros intereses.

Y cuando hablamos de planificarnos fiscalmente no hablamos tanto de como optimizar la factura fiscal (que ya lo hemos visto también en esta misma sección en otras ocasiones), sino que hablamos de como hacer que esas obligaciones nos supongan el menor quebradero posible, la menor molestia posible y el menor desbarajuste para nosotros y para nuestro bolsillo posible.

Pero una planificación fiscal no tiene sentido si no sabemos o no recordamos lo que tenemos que pagar, igual que en otras ocasiones cabe decir que cada estado es un mundo y cada hacienda pública tiene sus propias normas, en algunos casos difieren mucho unas de otras y en otros simplemente cambian el nombre de los conceptos pero a la practica significa básicamente lo mismo. Aquí vamos a centrarnos en el caso de la hacienda pública española, pero con unas explicaciones que como veremos pueden ser aplicables a casi cualquier hacienda pública del mundo.

Así, nos encontramos que un profesional freelance, esta obligado a cumplir las siguientes obligaciones profesionales:

Como profesional autónomo que es, tributa por el IRPF, es decir, que tributa sobre su propia renta por los beneficios que de su actividad profesional proceden, esta cotización es un escalado porcentual según beneficios y se debe satisfacer en la renta anual, pero a la vez puede venir obligado (o no) a presentar una declaración trimestral de IRPF para realizar pagos anticipados a la hacienda pública (esto se hace para que no se acumule todo en la renta anual y vaya liquidando trimestralmente sus obligaciones).

Ante esta realidad el consejo del que suscribe es el siguiente para planificarnos fiscalmente de forma ideal: la propuesta ideal lógicamente sería tener siempre la máxima liquidez posible, eso significaría no realizar los pagos a cuenta trimestrales del IRPF cuando no se viene obligado a ello, y aplicarnos en la factura la retención a la que estamos obligados del 7% en lugar del 15% (durante el periodo que nos lo podamos permitir: que es el año fiscal de alta por primera vez de la actividad y los dos años fiscales (que coinciden con los naturales) siguientes), pero ello conlleva un alto riesgo, jugarnos todo a una vez al año, a la renta anual y que en ese momento nos salga un importe extraordinariamente alto con las consiguientes dificultades que podemos tener para abonarlo (siempre se podría fraccionar).

Así, que el consejo del que suscribe es como mínimo mantener activas las declaraciones trimestrales aunque no vengamos obligados a ello y aplicarnos la máxima retención e incluso si nos es posible retirarnos un 5% adicional más de cada factura y ponerlo en un sobre como si no lo tuviésemos, pues ese 15% de retención, más el 5% hacen el 20% que es lo que trimestralmente y dicho a grandes rasgos le tendremos que dar a hacienda (todo ello vendrá modificado por supuesto por los gastos que realicemos, etc., y que compensen la partida final a destinar), así nos evitaremos seguro de desagradables sorpresas.

Y posteriormente y por último nos encontramos con el impuesto del IVA, en este caso somos meros mediadores de la hacienda pública y en cada factura que cobramos recibimos un IVA que no es para nosotros es para la hacienda pública. Así que en este caso también el que suscribe es partidario de separar de cada factura la cantidad de IVA y dejarla ya reservada para las declaraciones de IVA (que también serán comúnmente trimestrales) para evitarnos sorpresas.

Sorpresas que se pueden volver alegrías si cuando llega la declaración fiscal vemos que tenemos todo el dinero ya preparado para abonárselo (incluso igual nos sobra), pues en ambos casos los gastos y el IVA soportado reducirán el importe, pero nosotros nos habremos asegurado poderlo pagar sin problemas. Pero aun y si no fuese así, que no cunda el pánico, siempre podemos solicitar a la hacienda pública que nos fraccione el pago y nos deje pagar en varios plazos.

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